jueves, 19 de mayo de 2011

Espitirualidad y emoción: Necesidades y modas

En la mayoría de los países occidentales la gente no quiere hablar de “religión” (excepto en los momentos difíciles o excepcionales de la vida): esta palabra ha desarrollado connotaciones de obligatoriedad y, en muchas ocasiones, de tradición anticuada. Mucha gente declara no pertenecer a ninguna religión, incluso cuando creen “en algo.” Pero la palabra de moda es “espiritualidad,” una palabra que ha acabado haciendo referencia a un número incontable de realidades muy diversas, que van desde la relación que se establece con Dios hasta el sentido que uno le puede dar a la vida o a “las cosas,” incluyendo el retiro del mundo, la búsqueda de la paz interior, la superación de las trampas que nos pone esta sociedad consumista, o incluso el buceo voluntario y deliberado en el mundo de las emociones. Los orígenes judeocristianos sobre los que se asienta la cultura occidental, se han desvanecido en la idea de que la espiritualidad cubre hoy casi todo lo que pensamos que puede “dar un soplo de vida” o “dar sentido” a nuestra existencia.

En la confusión de un mundo de referencias como éstas, nuestra conciencia debe hacer un esfuerzo para definir por sí misma su propia espiritualidad, sus cualidades específicas, sus exigencias y sus instrumentos, sin otorgarse con ello el derecho de juzgar a los demás; evitando sucumbirse a las modas, confundir las categorías de la experiencia y encontrarse con la espiritualidad superficial de algunos discursos. Debemos llevar a cabo un verdadero “trabajo interior,” conscientes de que si perdemos la fuente, acabaremos, inevitablemente, perdiendo nuestro camino. Esta serie de artículos (Espiritualidad y emoción) será nuestro reconocimiento de la importancia de este tema. Aquí es donde empieza todo, pero también es donde todo se puede acabar.

Las modas y las necesidades

Nuestra sociedad consumista nos ofrece una casa, comida, confort, y tiempo libre. Y todos sabemos lo importantes que se hacen estas cosas cuando se quiere tener una vida digna y equilibrada. Nuestro enfoque no trata de rechazar los regalos de las sociedades industrializadas sino de saber cómo administrarlos para que no den lugar a aquel sentimiento interior que indica que no estamos en paz o en armonía o, sencillamente, que no somos felices. La sensación de “necesidad” en esta situación es, sin duda, el sentimiento que más se comparte en occidente. Tiene varias causas, pero parece que se puede resumir en la doble realidad de necesidad de tiempo y necesidad de diálogo. Los ritmos de vida han llegado a una situación tal que tenemos la sensación de estar padeciendo un ahogo constante. Se nos ahoga, arrastra y se termina exterminando en nosotros la fuente de energía vital silenciándonos en un mundo en el que simplemente funcionamos. El hábito y la rutina refuerzan en nosotros el sentimiento de malestar y lo hacen de forma diaria, es un sentimiento que puede tomar distintas tonalidades pero suele coincidir con los momentos en los que nos parece que nos falta emoción, afecto, amor, y de forma más general, humanidad. ¿Con quién hablamos realmente? ¿Quién es el que de verdad nos entiende? ¿Cuántas personas nos aman en realidad? ¿Quién puede responder a estas preguntas?

Las sociedades desarrolladas parece que sólo nos ofrecen dos opciones para superar este malestar: o bien sumergirse en los sentimientos y emociones más intensos, que aunque no siempre sean reales o profundos sí que nos regalan la ilusión de que existimos; o entrar en una especie de exilio, que ya sea durante una hora o una vida, nos aleja del mundo para vivir a un nivel íntimo, en una introspección y meditación psicológica o mística, al escuchar nuestra alma, nuestro ser y/o nuestros sentimientos. Aunque muchos se hayan convertido en expertos en la primera opción, la gente que habla de “espiritualidad,” como algo distinto de religión, suele tomar esta segunda. Consiste en distanciarse y retirase de la vida diaria y de sus ritmos vertiginosos, tomándose su tiempo y dando sentido a las cosas. La secularización de las sociedades ha dado lugar a un aumento de este fenómeno, y la gente tiene una gran necesidad de permanecer encallada en los niveles más íntimos y privados, lejos del barullo de la vida pública.

Esta espiritualidad del retiro se percibe hoy en día como un requisito, una necesidad y muchas veces toma la forma de un “consumismo” mal considerado. Pues hay gente que practica formas de yoga muy exóticas sin llegar a estudiarlas o entenderlas, otros se involucran en variedades azucaradas de Budismo adaptadas a “su necesidad de descanso,” y otros optan por tipos de Sufismo poco exigentes que, en vez de ayudarles a encontrarse a sí mismos mediante el esfuerzo, les ayudan a escapar de sí mismos sin contemplar ningún estorbo. Se sugieren algunas técnicas básicamente psicológicas, llegando a tratamientos psicoanalíticos para ayudar a la gente a vivir más “hacia el interior,” a desarrollar “la inteligencia emocional,” o a "alcanzar el autocontrol." La vida espiritual se confunde a menudo con técnicas que permiten encontrar el equilibrio entre vivir fuera de las emociones y deseos personales y desarrollar los medios para controlarlos.

De hecho, estas prácticas se asocian (aunque esta asociación suele establecerse de forma muy superficial) con enseñanzas espirituales auténticas como lo pueden ser el Budismo. Enseñanzas que están construidas, por el contrario, sobre un trabajo disciplinado y riguroso, sobre el control de los deseos, y sobre la censura del “Yo,” que se convierte en el objeto de este proyecto espiritual. El misticismo islámico comparte la naturaleza exigente de ese trabajo profundo del “Yo,” trabajo en el que se centran estas tradiciones del lejano oriente. Pero, actualmente estamos siendo testigos de la difusión de un curioso entendimiento del Sufismo, cuya característica principal es sobre todo aquélla que tiene que ver con la iniciativa individual y privada, pero que está falta, casi por completo, de métodos de iniciación estrictos para aproximarse y conocer al Trascendental (marifat Al·lâh). Se hace énfasis en el recuerdo de Al·lâh (dikr), en retirarse, en el abandono del mundo, y, sobre todo, en una práctica casi invisible y muy escasa. Más serio aún es ver que en la mente de algunos, seguir el Sufismo (“otro Islam,” un Islam que se considera “iluminado”) significa llevar a cabo menos prácticas y ritual, aunque la tradición exija a los que se inician (murids) ejercicios espirituales muy rigurosos. La primera opción reduce la práctica sin medidas, mientras que esta última no puede hacer más que dejar de aumentarlas. Por lo que es realmente importante que “el viajero” sea consciente de la llamada a través de sus esfuerzos (ÿihâd al-nafs) y pruebas (ibtilâ).

En realidad, la espiritualidad musulmana no tiene nada en común con estas tendencias y modas, y tampoco se puede reducir a un simple ejercicio para controlar las emociones. Requiere conciencia, disciplina, y un esfuerzo constante (ÿihâd), porque es la expresión de la vuelta a uno mismo, que debería conllevar una liberación. Hoy en día, y desde el mismo corazón de la cultura occidental, este ejercicio se convierte en un examen.
 
 

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